Hay que aprovechar todos los instantes de la vida para gozarlos a plenitud. No hay día perdido, si hemos sabido mirar, oler, escuchar, tocar, sentir… He vuelto a disfrutar de todo lo que acunó mi infancia: mi pueblo, mi gente, las calles tortuosas, las escaleras de piedra que suben a la montaña; incluso me gusta el olor a tierra mojada, el cielo adornado de nubes irregulares, los pájaros que cantan igual que cuando yo era niño. Vivo cada paisaje, cada sonido, cada rayo de luz como si fuera la primera vez. Y disfruto de la felicidad de ser y sentirme feliz.
También mi Dios tiene sabor a proyecto, a sueño, a nuevo amanecer, a vida renovada, a misterio maravilloso, a amigo entrañable. Me resulta fácil orar estos días. Ha renacido el niño que yacía dormido en mi interior.
Quisiera decirle a todo el mundo, una vez más, que la felicidad es posible. Está a nuestro alcance, ronda los dominios de nuestro ser. Basta solo abrir los ojos, estar atentos, saber palparla. Resulta perjudicial y falso identificar la felicidad con poder, dinero, honores, triunfos, cosas materiales, posesiones. Y que sencillo resulta ser feliz al leer un poema, mirar un rostro amigo, besar una mejilla sonrosada, escuchar una bella melodía, dar un paseo, acariciar un sueño, proyectar un encuentro, decir una oración, mirar lejos, vivir el instante presente…
Se acerca la Pascua. Cristo va a resucitar. Y con Él, tienen que resucitar en nuestras vidas miles de ilusiones, tienen que recrearse en nuestro corazón, raudales de luces multicolores. Cada día es una creación nueva, una oportunidad única.
Oro por ti, querido amigo, querida amiga, porque te quiero de verdad.
Padre Gregorio Mateu