¡No quiero ir a la escuela!

El primer día de clases pasé por la puerta de una escuela y me llamó la atención una nena de unos 8 años que lloraba. Junto a ella estaban mamá y papá.

La nena repetía constantemente la frase “¡no quiero ir a la escuela!, ¡no quiero ir a la escuela!” mientras la madre, arrodillada frente a ella y secándole las lágrimas, le insistía que todo iba a estar bien, que no iba a ser difícil, que va a tener muchos amiguitos, que tenía que entrar a la escuela. Ralenticé mis pasos ya que quería saber cómo continuaría la historia pero tuve que conformarme con más de “¡no quiero entrar!, ¡no quiero ir a la escuela!” y el padre rogándole que ingrese para poder ir a trabajar.

Inmediatamente pensé “esa frase va a ser la más escuchada esta semana con miles de nenes que no quieran ir a clases”. Pensé en los tres meses de vacaciones que, cuando yo era chico, eran eternos. Pensé en que con estos días espectaculares los nenes estaban jugando en casa y de repente ¡a levantarse temprano! Pensé que… y ahí me di cuenta. Una cosa es lo que nosotros creemos que al chico le pasa; pero ¿por qué causa real no quiere ir al colegio? ¿Acaso escuchamos sus verdaderos motivos? Como padres ¿somos conscientes de los miedos, las frustraciones y hasta el terror que sufren los chicos con el comienzo de clases? Y ni hablar del estrés que a muchos les causa.

Por un instante pensé en los abusos, tan presentes hoy día. Abuso por parte de un adulto o por parte de otros alumnos. Abusos no solo físicos sino emocionales. ¿Prestamos atención a los miedos de nuestros hijos o sólo suponemos que sufren por haber dejado atrás las vacaciones?

Estemos atentos al “no quiero entrar al colegio”. Puede ser un capricho o una señal de alerta de que algo les está pasando.

Les comparto algunas pautas de comunicación eficaz para con nuestros hijos.

-La comunicación no verbal expresa mucho más que lo que decimos. Al estar de pie frente al niño, mirándolo desde la altura, produce la sensación de poder para el adulto y de inferioridad a la criatura. Colocar una rodilla en el piso y quedarnos a su altura bastará para producir efectos que facilitarán el diálogo.

-Ponernos a su altura promueve la autoestima del niño ya que el mensaje que le enviamos es “soy importante para mi mamá o papá” o “valgo la pena para ellos”.

-La comunicación afectiva los relaja; en un ambiente tan negativo y agresivo como el escolar, decirle con nuestras palabras y gestos que estamos dispuestos a escucharles produce en ellos un efecto tranquilizador.

-Para nosotros debe ser importante no solo el niño sino lo que nos está diciendo. Por eso debemos poner nuestra máxima atención.

-Al ponernos a su altura, generamos empatía. Nuestros hijos son el mayor tesoro y lo que ellos sienten, debemos sentirlo nosotros.

-El transmitirnos, ya sea por gestos o de manera verbal, lo que les está pasando y lo que sienten en ese momento es sumamente importante. Sin embargo, el hacerlo de manera calmada y serena ayudará a que se conecten con esos sentimientos y puedan expresarlos correctamente.

-El contacto visual es una herramienta clave al charlar con nuestros hijos. Por un lado, podremos saber si está faltándonos a la verdad; pero por sobre todo, el mensaje que le damos es que en ese momento no hay nada más importante que él y lo que nos está diciendo. Mirarle a los ojos es decirle “acá estoy y estoy con vos y para vos”.

-En una época donde los mensajes y las llamadas telefónicas son breves, el tiempo en que una persona puede mantenerse concentrada ha comenzado a reducirse. Es por eso que ponernos a la altura del niño, mirarle a los ojos colaborará a la concentración tanto de lo que tenemos que decirle, como de escuchar ­–no lo que queremos oír– sino lo que el niño realmente está queriendo decirnos.

Cuando nuestros hijos lloran, no siempre lo hacen por capricho. Estemos dispuestos a escuchar sus razones. Quizá de esta manera les evitaremos males mayores.


Por Clr. Gustavo Romero
Consultor Psicológico
Ofrece talleres de “Escuela para padres”,
en Buenos Aires, Argentina

 

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