EL SÍNDROME DE LA MUJER MARAVILLA: Salvadoras del mundo menos de sí mismas

Recuerdo de niña ver a mis padres levantarse muy temprano todos los días para ir a trabajar, a fin de construir un negocio que comenzó de la nada, su persistencia y tenacidad fue clave para lograrlo, aunque como ellos mismos nos lo confesaron, desafortunadamente se perdieron varios momentos importantes.

Por lo que a mí respecta, desde muy pequeña sabía que iba a tener mi propio negocio y aunque fui algunos años empleada, nunca fui completamente feliz, en mi corazón siempre estaba el anhelo de ser mi propio jefe. Me tenia que esforzar, así que trabajé y estudié al mismo tiempo para ir logrando la meta que me había propuesto.

Llegaba a hacer tantas cosas en un día que muchas de las veces terminada exhausta, en mi mente siempre estaba el deseo de exprimir al máximo cada momento. Sin embargo, en muchos de los casos se me olvidaba disfrutar o tener tiempo para ser una despreocupada responsable.

Así que pasado el tiempo desarrollé lo que algunos llaman “el síndrome de la mujer maravilla”, encasillada en una mujer de mediana edad incluso hasta mayor, que atiende a una familia, trabaja, se encarga de que nada falte en la casa, tareas de los hijos, sus clases por la tarde, asiste a piñatas, y tratando de ser siempre perfecta al mismo tiempo.

Este síndrome que me afecta a mí, también afecta a muchas mujeres en la actualidad, sean solteras, amas de casa o mujeres que trabajan y son además madres de familia. Una situación presente en la sociedad de progreso y de consumismo.

Con lo anterior, no asevero que la mujer no tenga la capacidad de ser multitarea, lo único es que en su afán de perfección, y cuidadora de los demás, se olvida de atender sus propias necesidades, convirtiéndose en una mujer apurada, que se siente culpable, intolerante y con poca habilidad para disfrutar los momentos sencillos de la vida.

Esta necesidad profunda de hacerse cargo de todo y de todos, no es más que una distracción y/o evasión para no hacerse cargo de sus propios asuntos, es decir, sus propias necesidades, miedos, heridas, dolor, anhelos. En pocas palabras; no quiere detenerse un momento y percatarse de lo que trae dentro, dado que aún duele. En algunas ocasiones, está escondido el  miedo, sentimientos de baja autoestima, culpa, búsqueda de reconocimiento, entre otros.

Walter Riso, en su libro “Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz”, en su página 20, puntualiza: «No hay que ser necesariamente el mejor de los mejores para acceder al bienestar, aunque muchos digan lo contrario. Si en tu casa te repetían: Estás hecho para grandes cosas” o “eres un ser excepcional” y te has creído el cuento, cambia el mantra por una frase más saludable: Estoy hecho para hacer buenas cosas, interesantes, alegres y simpáticas, así no sean extraordinarias y fuera de serie”. Te quitarás un enorme peso de encima».

Revisemos siete premisas que nos pueden servir como medicina para atacar el síndrome de la mujer maravilla:

1Cuestiónate cada actividad que estés haciendo y porqué.

2Haz una relación de las cosas que te gustaría darte para ti, como tener un espacio a solas, leer, tomar alguna clase, desarrollar un hobby, pasar tiempo con alguna amiga…

3Cuídate de no llevarte al límite, programa un espacio que te permita descansar, hay tiempo para todo.

4Sé más selectiva con tus actividades, no estás obligada a hacerlo todo y además no todo debe quedar perfecto.

5Descubre la raíz de lo que te llevó a desarrollar este síndrome de la mujer maravilla, con ello, será más fácil saber qué es lo que tienes que trabajar y sanar.

6Retoma actividades que te hacían feliz y que dejaste por falta de tiempo.

7Deja de compararte con los demás, tu mayor referencia eres tú misma.

Me tomó varios años discernir entre lo aprendido en casa y establecer el equilibrio, dejando de estar poseída por el síndrome de la mujer maravilla. Hoy, he aprendido que antes de atender cualquier actividad, primero tengo que complacer mis propias necesidades, como descansar, ir al gimnasio, mi tiempo de oración y leer; además, descubrí otras habilidades que me hacen feliz como escribir y pintar.

Una de las mejores manera de progresar sin quedarte exhausta en el camino, es capacitando y adiestrando a los demás, delegando para que puedan hacer bien su trabajo. Permitiéndoles que se sientan partícipes y con pertenencia.

Trabajar para dejar de ser la mujer maravilla y convertirme en la mujer feliz e imperfecta, no es tarea fácil. Lo anterior, me ha traído como resultado mayor empatía con los demás, al desarrollar un pensamiento más flexible y tomando decisiones mas estratégicas y sabias.

Nuestro bienestar no debiera ser negociable por nada del mundo. Cada día trae su propio afán, al confiar en que fuimos diseñadas por un Ser que nos ama y desea vernos felices es el mayor regalo que existe.

0